La noche pasaba, las horas pasaban, los segundos se veían reflejados en aquel antiguo reloj de agujas que llevaba toda la vida en esa habitación. Un escritorio solitario, con una extraña luz blanca que lo inundaba por momentos haciendo que en el reflejara la sabiduría de los libros que se encontraban colocados perfectamente en una esquina.
La música siempre estaba presente en esa habitación, como el sonido de la esperanza suena a cada metro que recorren los ríos. No importaba qué sonase, sino cómo. De qué manera rebotaba en las paredes y se estrellaba contra todo aquel que se encontrase allí encerrado.
Su instrumento de trabajo era un ordenador, colocado perfectamente en el centro del escritorio. Allí nacía todo. Y también moría todo. Nacían nuevas ideas, nuevos conceptos, alguna que otra ilusión y mucha esperanza. Aunque también morían muy fácilmente todas esas cosas, como si una piedra se precipitara de repente y las llevara hasta el centro de la tierra. Y era imposible intentar frenar aquella piedra. Era de locos simplemente intentarlo.
Las paredes estaban llenas de experiencias, de prioridades y gustos, de sentimientos y honor. También había cal, pero apenas se dejaba ver por aquellas superficies. Fotografías, algunas para adornar, otras para quedarse parado delante de ellas y pensar en la historia que tenían detrás, en cómo fueron tomadas y en qué van a significar en un futuro próximo. Aunque por momentos esas fotografías decidieran que tenían que ser arrancadas, siempre estuvieron allí permanentes en el tiempo, nada podía quitarlas de su lugar. Ni siquiera un derrumbe las separaría de la pared.
Todo estaba definido, todo tenía un sentido y un fin, cada cosa servía para algo y no había lugar a confusiones.
Pero realmente había algo que carecía de sentido: ÉL.
A cada instante que pasaba dentro de esa habitación se preguntaba que estaba haciendo allí. Qué era él y que se supone que debía hacer ahí dentro. Cómo mirar las paredes, como asimilar sus verdades y recordar sus sentimientos. Cómo mirar aquel hueco vacío frente a la ventana, que algún día estuvo lleno de esperanza y de tranquilidad, de canciones mudas pero impactantes a la vez. Muchas veces ahí se quedaba la marca de la alegría, los restos de aquella historia que nadie conocía, que todo el mundo obviaba pero nunca se supo si era verdad. Allí se encontraba la salida de aquel que se siente atrapado, el rayo de luz que inunda la penumbra del peor espacio concebido por el hombre.
Pero ya no estaba allí. Se había marchado sin avisar, sin querer dejar ese hueco bien asentado y falsamente feliz. Sólo había vacío. El escritorio, el vacío, y la ventana. Nada más, mucho menos.
ÉL cada noche se planta pasivo en medio de todo ese caos, buscando en cada rincón la chispa que prenda al pasado, para convertirlo en futuro. Lleva un tiempo buscándola, y sólo encuentra restos de la alegría reflejada en todo el volumen que le rodea, huellas dolorosas que algún día fueron caricias, y que ahora no son más que polvo suspendido en el aire, esperando la ráfaga de aire que le haga desaparecer.
Ya no sabe dónde buscar, ni qué buscar, ni cómo buscarlo, ni cuándo buscarlo.
Sólo sabe que el azar jugará con él, hasta que finalmente salga cruz, o quizá cara, nadie lo sabe.
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